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1903 · cuento completo · 5:41

Las ventanas de oro

Laura E. Richards · 1903

Un niño de una granja pobre mira cada tarde, desde su colina, una casa lejana con ventanas de oro y de diamantes. Un día de fiesta va a buscarla. La fábula de Laura E. Richards (1903), completa, en una traducción nueva — en blanco y negro, con el oro coloreado a mano.

«The Golden Windows», en The Golden Windows: A Book of Fables for Young and Old, Boston, Little, Brown and Company, 1903. Dominio público. Traducción © stagedBooks, 2026.

Traducción nueva de stagedBooks (2026), hecha del texto de 1903 y completa: no se quitó ni se añadió nada. La edición de acompañamiento trae al final el original en inglés.

Autor
Laura E. Richards
Publicado
1903 · The Golden Windows: A Book of Fables for Young and Old
Extensión
1,008 palabras · 5 min de audio
Personajes
El narrador, El niño, El padre, La madre, La mujer, La niña, La hermanita
Texto
Completo, en esta página, gratis
PDF
Edición de acompañamiento, gratis
stagedbooks.comLas ventanas de oro · Laura E. Richards
El texto

Las ventanas de oro — texto completo

Completo y sin alterar, tal como se representó.

Todo el día trabajaba mucho el niño, en el campo, en el granero y en el cobertizo, porque su familia era de labradores pobres y no podía pagar un jornalero; pero a la puesta del sol llegaba una hora que era toda suya, porque su padre se la había regalado. Entonces el niño subía a lo alto de una colina y miraba hacia otra colina que se alzaba a algunas millas de allí. En aquella colina lejana había una casa con ventanas de oro puro y de diamantes. Brillaban y llameaban tanto que al niño le hacían parpadear; pero al cabo de un rato, por lo visto, la gente de la casa cerraba los postigos, y entonces parecía una casa de labranza como cualquier otra. El niño suponía que lo hacían porque era la hora de la cena; y entonces él entraba en su casa, cenaba su pan con leche, y a la cama.

Un día el padre llamó al niño y le dijo:

—Has sido un buen muchacho y te has ganado un día de fiesta. Tómate este día para ti; pero recuerda que te lo dio Dios, y procura aprender alguna cosa buena.

El niño le dio las gracias a su padre y un beso a su madre; luego se metió un pedazo de pan en el bolsillo y se puso en camino para buscar la casa de las ventanas de oro.

Era agradable caminar. Sus pies descalzos dejaban marcas en el polvo blanco, y cuando miraba hacia atrás, parecía que las huellas lo iban siguiendo para hacerle compañía. También su sombra iba a su lado, y bailaba o corría con él, según a él se le antojaba; así que el camino era muy alegre.

Al rato sintió hambre; y se sentó junto a un arroyo de aguas pardas que corría por el seto de alisos, a la orilla del camino, y se comió su pan, y bebió del agua clara. Luego esparció las migas para los pájaros, como su madre le había enseñado, y siguió su camino.

Después de mucho tiempo llegó a una colina alta y verde; y cuando hubo subido la colina, allí estaba la casa, en la cumbre; pero parecía que los postigos estaban cerrados, porque no se veían las ventanas de oro. Se acercó a la casa, y entonces de buena gana se habría echado a llorar, porque las ventanas eran de vidrio claro, como cualesquiera otras, y no había oro por ninguna parte.

Una mujer salió a la puerta, miró al niño con bondad y le preguntó qué quería.

—Vi las ventanas de oro desde lo alto de nuestra colina —dijo él—, y vine a verlas, pero ahora no son más que vidrio.

La mujer movió la cabeza y se echó a reír.

—Somos gente de campo, y pobre —dijo—, y no es fácil que tengamos oro en las ventanas; pero para mirar a través de ellas, más vale el vidrio.

Hizo que el niño se sentara en el ancho escalón de piedra de la puerta, le trajo una taza de leche y un bizcocho, y le dijo que descansara; luego llamó a su hija, una niña de la misma edad que él, les sonrió a los dos con un gesto cariñoso y volvió a su trabajo.

La niña iba descalza como él, y llevaba un vestido de algodón pardo; pero tenía el pelo dorado como las ventanas que él había visto, y los ojos azules como el cielo a mediodía. Llevó al niño a recorrer la granja, y le enseñó su ternero negro con una estrella blanca en la frente, y él le habló del suyo, el de su casa, que era rojo como una castaña y tenía las cuatro patas blancas. Luego, cuando hubieron comido juntos una manzana, y así se hicieron amigos, el niño le preguntó por las ventanas de oro. La niña asintió con la cabeza y dijo que lo sabía todo de ellas; solo que él se había equivocado de casa.

—¡Pero si has venido justo al revés! —dijo—. Ven conmigo, que te voy a enseñar la casa de las ventanas de oro, y así lo verás por ti mismo.

Fueron a una loma que se alzaba detrás de la casa, y mientras iban, la niña le contó que las ventanas de oro solo se podían ver a cierta hora, hacia la puesta del sol.

—¡Sí, eso ya lo sé! —dijo el niño.

Cuando llegaron a lo alto de la loma, la niña se volvió y señaló con el dedo; y allá, en una colina lejana, había una casa con ventanas de oro puro y de diamantes, tal como él las había visto. Y cuando volvieron a mirar, el niño vio que era su propia casa.

Entonces le dijo a la niña que tenía que irse; y le dio su mejor piedrecita, la blanca con una franja roja, que había llevado un año entero en el bolsillo; y ella le dio tres castañas de Indias, una roja como el raso, una con pintas y una blanca como la leche. Él le dio un beso y le prometió volver, pero no le contó lo que había aprendido; y así bajó la colina, y la niña se quedó de pie en la luz del atardecer, mirándolo irse.

El camino de vuelta era largo, y ya era de noche cuando el niño llegó a la casa de su padre; pero la luz de la lámpara y la del fuego brillaban a través de las ventanas, y las hacían casi tan resplandecientes como él las había visto desde la colina; y cuando abrió la puerta, su madre vino a darle un beso, y su hermanita corrió a echarle los brazos al cuello, y su padre levantó la vista y le sonrió desde su asiento junto al fuego.

—¿Has pasado un buen día? —le preguntó su madre.

Sí, el niño había pasado un día muy bueno.

—¿Y has aprendido algo? —le preguntó su padre.

—¡Sí! —dijo el niño—. He aprendido que nuestra casa tiene ventanas de oro y de diamantes.

Preguntas

¿Cuánto recuerdas?

Preguntas sobre el texto, con las respuestas en palabras del propio libro y el minuto en que se oyen.

  1. ¿Dónde trabajaba el niño todo el día?
  2. ¿Quién le había regalado al niño la hora de la puesta del sol?
  3. ¿De qué eran las ventanas de la casa de la colina lejana?
  4. ¿Qué le pide el padre al niño que procure hacer en su día de fiesta?
Las 15 preguntas, con las respuestasReta a un amigo: 123BookWar
Guía de discusión

Para la clase o el club de lectura

Cita y pregunta; no interpreta. En PDF, tamaño carta, para imprimir.

Para escuchar con atención

  • Las horas: la que el padre regala al niño cada día, la hora en que se cierran los postigos, y la hora que nombra la niña; fíjese si son la misma.
  • Lo que el niño lleva en el bolsillo a la ida y lo que trae a la vuelta.
  • Quién sonríe, quién ríe y quién besa a quién: la mujer, la niña, la madre, la hermanita, el padre.
  • La frase «ventanas de oro puro y de diamantes» vuelve; fíjese desde dónde se mira cada vez, y qué palabra falta cuando el niño la dice al final.

Preguntas

  1. ¿Qué hace el niño durante el día y qué hace en la hora que es suya? ¿Qué dice el texto de por qué esa hora es suya?
  2. El padre le pide que procure «aprender alguna cosa buena». ¿Qué contesta el niño al final, cuando el padre le pregunta si ha aprendido algo? Compare las dos frases palabra por palabra.
  3. Siga el camino de ida con las palabras del texto: el polvo blanco, las huellas, la sombra, el arroyo, las migas. ¿Qué le había enseñado su madre?
  4. Cuando llega a la casa, «de buena gana se habría echado a llorar». ¿Qué ve exactamente? ¿Qué le dice la mujer sobre el vidrio y el oro?
  5. La niña dice que el niño «se había equivocado de casa» y que ha venido «justo al revés». ¿Cómo se lo demuestra? ¿Qué dice el niño que ya sabía?
  6. Haga la lista de lo que el niño y la niña se enseñan y se dan: los dos terneros, la manzana, la piedrecita, las castañas. ¿Con qué palabras describe el texto cada cosa?
  7. El niño «no le contó lo que había aprendido» a la niña, pero sí se lo dice a su padre. ¿Qué hace cada uno de los dos niños al despedirse, según el texto?
  8. Al volver de noche, ¿qué hace que las ventanas de su casa brillen? Compare esa frase con la descripción de la casa lejana al principio: ¿qué palabras se repiten y cuáles cambian?
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Atlas
Marginalia · 15 notas
  • Las ventanas de oro0:14en el texto

    «The Golden Windows» abre The Golden Windows: A Book of Fables for Young and Old (Boston, Little, Brown, 1903), y le da título al libro. Aquí se representa completa, en una traducción nueva.

  • Laura E. Richards0:23

    1850–1943. Hija de Julia Ward Howe, la autora del «Himno de batalla de la República». Escribió más de noventa libros desde Gardiner, Maine, y en 1917 ganó el Pulitzer de biografía, con su hermana Maud, por la vida de su madre.

  • No es oro0:35

    Es el sol poniente reflejado en el vidrio. Una ventana solo devuelve el sol hacia el lado donde está el sol, y solo cuando está bajo; por eso dura unos minutos y luego, al parecer, alguien cierra los postigos.

  • Pan con leche0:49en el texto

    Pan desmigajado en un tazón de leche: la cena de los niños en las granjas de la Nueva Inglaterra del siglo XIX, y muchas veces la de los mayores.

  • Un día de fiesta0:59en el texto

    La escuela del distrito, en la Nueva Inglaterra rural, tenía dos temporadas: la de verano, para los más pequeños, y la de invierno, cuando los muchachos ya no hacían falta en el campo. En verano, un niño de diez años trabajaba como un peón.

  • Descalzo1:18en el texto

    En el campo, los niños solían andar descalzos desde la primavera hasta las primeras heladas; los zapatos se guardaban para la iglesia y la escuela de invierno.

  • El seto de alisos1:39en el texto

    En los caminos de Nueva Inglaterra el aliso moteado crece en matorrales espesos a la orilla de los arroyos y los terrenos húmedos.

  • Sin nombres2:04

    En la fábula de 1903 nadie tiene nombre: ni el niño, ni la niña, ni las colinas. Las versiones escolares que circulan hoy en español, con un Roberto y una Nancy, son adaptaciones posteriores.

  • Vidrio claro2:41en el texto

    Las ventanas de las casas viejas tenían muchos vidrios pequeños por necesidad: el vidrio se soplaba en cilindros que luego se abrían y se aplanaban, y no salían hojas grandes.

  • Nuestras láminas3:04

    En blanco y negro, como siempre. Solo el oro va coloreado a mano, a la manera de las placas de linterna mágica de hacia 1900.

  • ¿En qué época del año?3:24

    Richards no lo dice, pero deja pistas: manzanas para comer y castañas de Indias maduras, que caen en septiembre. Fines del verano, o el principio del otoño.

  • Al revés3:37en el texto

    En inglés: «You have come quite the wrong way!» Ha venido por el camino equivocado, y también al revés. La traducción se queda con el «al revés».

  • Castañas de Indias4:29en el texto

    Las del castaño de Indias, el árbol de sombra de los pueblos. No se comen: son amargas y tóxicas. Recién salidas de su cáscara espinosa brillan como el raso; las que aún no maduran salen blancas.

  • ¿Las dos a la vez?4:38

    Sí, si el sol se pone de lado. Con las dos colinas en línea de norte a sur y el sol al oeste, una ventana que mira al noroeste lo manda hacia el norte, y otra que mira al suroeste, hacia el sur.

  • La lámpara y el fuego4:52en el texto

    En 1900 casi ninguna granja tenía luz eléctrica; todavía a mediados de los años treinta, nueve de cada diez granjas de Estados Unidos seguían sin ella. La luz de las ventanas era la de la lámpara de queroseno y la del fuego.

Láminas
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