Las ventanas de oro — texto completo
Completo y sin alterar, tal como se representó.
Todo el día trabajaba mucho el niño, en el campo, en el granero y en el cobertizo, porque su familia era de labradores pobres y no podía pagar un jornalero; pero a la puesta del sol llegaba una hora que era toda suya, porque su padre se la había regalado. Entonces el niño subía a lo alto de una colina y miraba hacia otra colina que se alzaba a algunas millas de allí. En aquella colina lejana había una casa con ventanas de oro puro y de diamantes. Brillaban y llameaban tanto que al niño le hacían parpadear; pero al cabo de un rato, por lo visto, la gente de la casa cerraba los postigos, y entonces parecía una casa de labranza como cualquier otra. El niño suponía que lo hacían porque era la hora de la cena; y entonces él entraba en su casa, cenaba su pan con leche, y a la cama.
Un día el padre llamó al niño y le dijo:
—Has sido un buen muchacho y te has ganado un día de fiesta. Tómate este día para ti; pero recuerda que te lo dio Dios, y procura aprender alguna cosa buena.
El niño le dio las gracias a su padre y un beso a su madre; luego se metió un pedazo de pan en el bolsillo y se puso en camino para buscar la casa de las ventanas de oro.
Era agradable caminar. Sus pies descalzos dejaban marcas en el polvo blanco, y cuando miraba hacia atrás, parecía que las huellas lo iban siguiendo para hacerle compañía. También su sombra iba a su lado, y bailaba o corría con él, según a él se le antojaba; así que el camino era muy alegre.
Al rato sintió hambre; y se sentó junto a un arroyo de aguas pardas que corría por el seto de alisos, a la orilla del camino, y se comió su pan, y bebió del agua clara. Luego esparció las migas para los pájaros, como su madre le había enseñado, y siguió su camino.
Después de mucho tiempo llegó a una colina alta y verde; y cuando hubo subido la colina, allí estaba la casa, en la cumbre; pero parecía que los postigos estaban cerrados, porque no se veían las ventanas de oro. Se acercó a la casa, y entonces de buena gana se habría echado a llorar, porque las ventanas eran de vidrio claro, como cualesquiera otras, y no había oro por ninguna parte.
Una mujer salió a la puerta, miró al niño con bondad y le preguntó qué quería.
—Vi las ventanas de oro desde lo alto de nuestra colina —dijo él—, y vine a verlas, pero ahora no son más que vidrio.
La mujer movió la cabeza y se echó a reír.
—Somos gente de campo, y pobre —dijo—, y no es fácil que tengamos oro en las ventanas; pero para mirar a través de ellas, más vale el vidrio.
Hizo que el niño se sentara en el ancho escalón de piedra de la puerta, le trajo una taza de leche y un bizcocho, y le dijo que descansara; luego llamó a su hija, una niña de la misma edad que él, les sonrió a los dos con un gesto cariñoso y volvió a su trabajo.
La niña iba descalza como él, y llevaba un vestido de algodón pardo; pero tenía el pelo dorado como las ventanas que él había visto, y los ojos azules como el cielo a mediodía. Llevó al niño a recorrer la granja, y le enseñó su ternero negro con una estrella blanca en la frente, y él le habló del suyo, el de su casa, que era rojo como una castaña y tenía las cuatro patas blancas. Luego, cuando hubieron comido juntos una manzana, y así se hicieron amigos, el niño le preguntó por las ventanas de oro. La niña asintió con la cabeza y dijo que lo sabía todo de ellas; solo que él se había equivocado de casa.
—¡Pero si has venido justo al revés! —dijo—. Ven conmigo, que te voy a enseñar la casa de las ventanas de oro, y así lo verás por ti mismo.
Fueron a una loma que se alzaba detrás de la casa, y mientras iban, la niña le contó que las ventanas de oro solo se podían ver a cierta hora, hacia la puesta del sol.
—¡Sí, eso ya lo sé! —dijo el niño.
Cuando llegaron a lo alto de la loma, la niña se volvió y señaló con el dedo; y allá, en una colina lejana, había una casa con ventanas de oro puro y de diamantes, tal como él las había visto. Y cuando volvieron a mirar, el niño vio que era su propia casa.
Entonces le dijo a la niña que tenía que irse; y le dio su mejor piedrecita, la blanca con una franja roja, que había llevado un año entero en el bolsillo; y ella le dio tres castañas de Indias, una roja como el raso, una con pintas y una blanca como la leche. Él le dio un beso y le prometió volver, pero no le contó lo que había aprendido; y así bajó la colina, y la niña se quedó de pie en la luz del atardecer, mirándolo irse.
El camino de vuelta era largo, y ya era de noche cuando el niño llegó a la casa de su padre; pero la luz de la lámpara y la del fuego brillaban a través de las ventanas, y las hacían casi tan resplandecientes como él las había visto desde la colina; y cuando abrió la puerta, su madre vino a darle un beso, y su hermanita corrió a echarle los brazos al cuello, y su padre levantó la vista y le sonrió desde su asiento junto al fuego.
—¿Has pasado un buen día? —le preguntó su madre.
Sí, el niño había pasado un día muy bueno.
—¿Y has aprendido algo? —le preguntó su padre.
—¡Sí! —dijo el niño—. He aprendido que nuestra casa tiene ventanas de oro y de diamantes.


























