stagedBooks
1896 · cuento completo · 5:20

El buen ejemplo

Vicente Riva Palacio · 1896

Un maestro de escuela de la Sierra Madre, su loro Perico, y lo que el maestro encuentra un mediodía en el bosque. Un cuento de un general de la Reforma — completo, en español, con la ortografía de 1896.

«El buen ejemplo», Cuentos del general, Madrid, 1896. Dominio público.

Representado e impreso exactamente como se publicó en 1896, con la ortografía de la época. No alteramos las palabras del autor.

Autor
Vicente Riva Palacio
Publicado
1896 · Cuentos del general
Extensión
1,067 palabras · 5 min de audio
Personajes
El narrador, Don Lucas Forcida, Perico, Un muchacho, La bandada
Lugares
México, Acapulco, el pueblo, el pueblo vecino
Texto
Completo, en esta página, gratis
PDF
Edición de acompañamiento, gratis
stagedbooks.comEl buen ejemplo · Vicente Riva Palacio
El texto

El buen ejemplo — texto completo

Completo y sin alterar, tal como se representó.

Si yo afirmara que he visto lo que voy á referir, no faltaría, sin duda, persona que dijese que eso no era verdad; y tendría razón, que no lo vi, pero lo creo, porque me lo contó una señora anciana, refiriéndose á personas á quienes daba mucho crédito y que decían haberlo oído de quien llevaba amistad con un testigo fidedigno, y sobre tales bases de certidumbre bien puede darse fe á la siguiente narración:

En la parte Sur de la República mexicana, y en las vertientes de la Sierra Madre, que van á perderse en las aguas del Pacífico, hay un pueblecito como son en lo general todos aquellos: casitas blancas cubiertas de encendidas tejas ó de brillantes hojas de palmera, que se refugian de los ardientes rayos del sol tropical á la fresca sombra que le prestan enhiestos cocoteros, copudos tamarindos y crujientes platanares y gigantescos cedros.

El agua en pequeños arroyuelos cruza retozando por todas las callejuelas, y ocultándose á veces entre macizos de flores y de verdura.

En ese pueblo había una escuela, y debe haberla todavía; pero entonces la gobernaba D. Lucas Forcida, personaje muy bien querido por todos los vecinos. Jamás faltaba á las horas de costumbre al cumplimiento de su pesada obligación. ¡Qué vocaciones de mártires necesitan los maestros de escuela de los pueblos!

En esa escuela, siguiendo tradicionales costumbres y uso general en aquellos tiempos, el estudio para los muchachos era una especie de orfeón, y en diferentes tonos, pero siempre con desesperante monotonía, en coro se estudiaban y en coro se cantaban lo mismo las letras y las sílabas que la doctrina cristiana ó la tabla de multiplicar.

Don Lucas soportaba con heroica resignación aquella ópera diaria, y había veces que los chicos, entusiasmados, gritaban á cual más y mejor; y era de ver entonces la estupidez amoldando las facciones de la simpática y honrada cara de D. Lucas.

Daban las cinco de la tarde; los chicos salían escapados de la escuela, tirando pedradas, coleando perros y dando gritos y silbidos, pero ya fuera de las aguas jurisdiccionales de D. Lucas, que los miraba alejarse, como diría un novelista, trémulo de satisfacción.

Entonces D. Lucas se pertenecía á sí mismo: sacaba á la calle una gran butaca de mimbre; un criadito le traía una taza de chocolate acompañada de una gran torta de pan, y D. Lucas, disfrutando del fresco de la tarde y recibiendo en su calva frente el vientecillo perfumado que llegaba de los bosques, como para consolar á los vecinos de las fatigas del día, comenzaba á despachar su modesta merienda, partiéndola cariñosamente con su loro.

Porque D. Lucas tenía un loro que era, como se dice hoy, su debilidad, y que estaba siempre en una percha á la puerta de la escuela, á respetable altura para escapar de los muchachos, y al abrigo del sol por un pequeño cobertizo de hojas de palma. Aquel loro y D. Lucas se entendían perfectamente. Raras veces mezclaba sus palabras, más ó menos bien aprendidas, con los cantos de los chicos, ni aumentaba la algazara con los gritos estridentes y desentonados que había aprendido en el hogar materno.

Pero cuando la escuela quedaba desierta y D. Lucas salía á tomar su chocolate, entonces aquellos dos amigos daban expansión libre á todos sus afectos. El loro recorría la percha de arriba abajo, diciendo cuanto sabía y cuanto no sabía; restregaba con satisfacción su pico en ella, y se colgaba de las patas, cabeza abajo, para recibir la sopa de pan con chocolate que con paternal cariño le llevaba D. Lucas.

Y esto pasaba todas las tardes.

Transcurrieron así varios años, y don Lucas llegó á tener tal confianza de su querido Perico, como le llamaban los muchachos, que ni le cortaba las alas ni cuidaba de ponerle calza.

Una mañana, serían como las diez, uno de los chicos, que casualmente estaba fuera de la escuela, gritó espantado: «Señor maestro, que se vuela Perico.» Oir esto y lanzarse en precipitado tumulto á la puerta maestro y discípulos, fué todo uno; y, en efecto, á lo lejos, como un grano de esmalte verde herido por los rayos del sol, se veía al ingrato esforzando su vuelo para ganar cuanto antes refugio en el cercano bosque.

Como toda persecución era imposible, porque ni aun teniendo la filiación del prófugo podría habérsele distinguido entre la multitud de loros que pueblan aquellos bosques, D. Lucas, lanzando de lo hondo de su pecho un «sea por Dios», volvió á ocupar su asiento, y las tareas escolares continuaron como si no acabara de pasar aquel terrible acontecimiento.

Transcurrieron varios meses, y D. Lucas, que había echado al olvido la ingratitud de Perico, tuvo necesidad de emprender un viaje á uno de los pueblos circunvecinos, aprovechando unas vacaciones.

Muy de madrugada ensilló su caballo, tomó un ligero desayuno y salió del pueblo, despidiéndose muy cortésmente de los pocos vecinos que por las calles encontraba.

En aquel país, pueblos cercanos son aquellos que sólo están separados por una distancia de doce ó catorce leguas, y D. Lucas necesitaba caminar la mayor parte del día.

Eran las dos de la tarde; el sol derramaba torrentes de fuego; ni el viento más ligero agitaba los penachos de las palmas que se dibujaban sobre un cielo azul con la inmovilidad de un árbol de hierro. Los pájaros enmudecían ocultos entre el follaje, y sólo las cigarras cantaban tenazmente en medio de aquel terrible silencio á la mitad del día.

El caballo de D. Lucas avanzaba, haciendo sonar el acompasado golpeo de sus pisadas con la monotonía del volante de un reloj.

Repentinamente D. Lucas creyó oir á lo lejos el canto de los niños de la escuela cuando estudiaban las letras y las sílabas.

Al principio aquello le pareció una alucinación producida por el calor, como esas músicas y esas campanadas que en el primer instante creen oir los que sufren un vértigo; pero, á medida que avanzaba, aquellos cantos iban siendo más claros y más perceptibles; aquello era una escuela en medio del bosque desierto.

Detúvose asombrado y temeroso, cuando de los árboles cercanos se desprendió, tomando vuelo, una bandada de loros que iban cantando acompasadamente ba, be, bi, bo, bu; la, le, li, lo, lu; y tras ellos, volando majestuosamente, un loro que, al pasar cerca del espantado maestro, volvió la cabeza, diciéndole alegremente:

«Don Lucas, ya tengo escuela.»

Preguntas

¿Cuánto recuerdas?

Preguntas sobre el texto, con las respuestas en palabras del propio libro y el minuto en que se oyen.

  1. ¿Quién le contó la historia al narrador?
  2. ¿En qué parte de la República mexicana está el pueblecito?
  3. ¿Quién gobernaba la escuela del pueblo?
  4. ¿Cómo estudiaban los muchachos en la escuela?
Las 15 preguntas, con las respuestasReta a un amigo: 123BookWar
Guía de discusión

Para la clase o el club de lectura

Cita y pregunta; no interpreta. En PDF, tamaño carta, para imprimir.

Para escuchar con atención

  • Cómo empieza: el narrador explica de quién oyó la historia antes de contarla; cuente cuántas personas hay entre él y el «testigo fidedigno».
  • El coro de la escuela, las letras, las sílabas, la doctrina y la tabla, siempre cantadas; fíjese en dónde vuelve a oírse ese canto.
  • Las horas del día: las cinco de la tarde, las diez de la mañana, las dos de la tarde; fíjese en qué pasa a cada hora.
  • Las palabras del narrador para el loro: «su debilidad», «aquellos dos amigos», «el ingrato», «el prófugo».

Preguntas

  1. El narrador dedica el primer párrafo a explicar de dónde viene la historia. ¿Por cuántas bocas pasó antes de llegar a él? ¿Qué palabras usa para el último testigo?
  2. ¿Qué dice el texto de cómo se estudiaba en aquella escuela? Haga la lista de todo lo que se cantaba en coro.
  3. Compare lo que hace D. Lucas a las cinco de la tarde con lo que hace el loro a esa misma hora, ateniéndose a las palabras del texto. ¿Qué comparten?
  4. El narrador dice que el loro «raras veces mezclaba sus palabras» con los cantos de los chicos. ¿Qué dice después que el loro decía cuando la escuela quedaba desierta? ¿Dónde había aprendido sus gritos?
  5. ¿Por qué era imposible toda persecución, según el texto? ¿Qué palabras exactas usa el narrador para el loro en ese pasaje?
  6. ¿Qué hace D. Lucas después de decir «sea por Dios»? Compare esa frase con la «heroica resignación» con que soporta la «ópera diaria» más arriba.
  7. Describa el bosque a las dos de la tarde con las palabras del texto: el sol, el viento, las palmas, los pájaros, las cigarras, el caballo. ¿Qué es lo primero que D. Lucas cree oír?
  8. ¿Qué cantan los loros de la bandada, y en qué orden? ¿Qué le dice Perico a D. Lucas, y qué contesta D. Lucas, si es que el texto dice que contesta algo?
Descargar la guía (PDF)
Atlas
En la parte Sur de la República

En la parte Sur de la República — México · Acapulco · el pueblo · at 0:30

Doce ó catorce leguas

Doce ó catorce leguas — el pueblo · el pueblo vecino · at 3:43

Marginalia · 15 notas
  • Cuentos del general0:06

    Vicente Riva Palacio — general de la Reforma, novelista, historiador, nieto de Vicente Guerrero — escribió estos cuentos siendo embajador en Madrid. Se publicaron allí en 1896, el año de su muerte.

  • Un testigo fidedigno0:15en el texto

    La cadena de testigos es la broma: el cuento se avala a sí mismo.

  • La Sierra Madre0:31en el texto

    La Sierra Madre del Sur, cuyas vertientes bajan a la costa de Guerrero y Oaxaca. El pueblo no tiene nombre; no lo necesita.

  • Tejas y hojas de palmera0:46en el texto

    Techos de teja de barro o de palapa — palma tejida — que aún cubren las casas de la costa.

  • Un orfeón1:21en el texto

    Sociedad coral. En las escuelas de pueblo se estudiaba cantando: las letras, las sílabas y la doctrina, todos a coro y a gritos.

  • La doctrina y la tabla1:23en el texto

    El catecismo del padre Ripalda y la tabla de multiplicar, cantados en el mismo tono.

  • Coleando perros1:49en el texto

    Agarrándolos de la cola.

  • Aguas jurisdiccionales1:53en el texto

    El mar territorial de un país. Broma de general: los chicos, fuera del alcance del maestro, están en aguas internacionales.

  • Chocolate y torta de pan2:00en el texto

    La merienda de las cinco. El chocolate se bebía en México desde antes de los españoles; la torta, un pan redondo, se remojaba en él.

  • Perico2:02en el texto

    Nombre común de cualquier loro en México. Los de la costa del Pacífico — el loro corona lila, el cabeza amarilla — aprenden a hablar con facilidad.

  • Calza2:59en el texto

    Un cordel o argolla en la pata, para que no vuele.

  • Sea por Dios3:20en el texto

    Hágase la voluntad de Dios: la resignación en dos palabras.

  • Doce ó catorce leguas3:52en el texto

    La legua mexicana medía unos 4,2 kilómetros: cincuenta o sesenta kilómetros, un día entero a caballo.

  • Las cigarras4:05en el texto

    Las chicharras: el único sonido del mediodía en tierra caliente.

  • Ba, be, bi, bo, bu4:49en el texto

    El silabario: así se aprendía a leer, sílaba por sílaba, cantando. El Silabario de San Miguel fue el libro de escuela de medio siglo.

Láminas
Plate 1Plate 2Plate 3Plate 4Plate 5Plate 6Plate 7Plate 8Plate 9Plate 10Plate 11Plate 12Plate 13Plate 14Plate 15Plate 16